Ginecología

La importancia del control ginecológico en la prevención del
Cáncer de Cuello Uterino:

El control ginecológico periódico es fundamental para la detección temprana de enfermedades malignas como el cáncer de
cuello uterino. El cáncer de cuello uterino pasa por diversas
etapas en su formación. Primero aparecen lesiones precursoras
que pueden detectarse tempranamente y tratarse, con curación en todos los casos. Luego, con el tiempo y dejado evolucionar sin ninguna intervención médica, pueden llegar a una enfermedad maligna.

Las técnicas que desde hace años forman parte del examen ginecológico habitual de todas las mujeres (Papanicolaou y colposcopía) son importantes para detectar lesiones o células pre malignas que deriven en la aparición del cáncer de cuello de útero. Un rápido y precoz diagnóstico permite un tratamiento adecuado.

El Papanicolaou (PAP) consiste en tomar la secreción que cubre el cuello del útero. En ella se encuentran células que se enviarán a un patólogo para que las analice y dé un informe.

La colposcopía consiste en observar el cuello del útero para detectar lesiones que en algunos casos, según sus características, pueden requerir una biopsia.

Es conveniente realizar un examen ginecológico de control que incluya estos estudios periódicamente, según lo que le indique su médico. Son prácticas sencillas que se realizan en el consultorio y no producen molestias. No hay que esperar a tener síntomas para hacerlas.

Se ha visto que hay enfermedades de transmisión sexual que aumentan el riesgo de cáncer de cuello uterino, especialmente la infección por Virus de Papiloma Humano (HPV). El uso de preservativo es un modo de prevenir esta infección, favorecedora de lesiones que podrían derivar en tumores, y también previene al mismo tiempo muchas otras enfermedades de
transmisión sexual.

Ciertos tipos virales (HPV de alto riesgo), están presentes en casi el 100% de los cánceres de cuello uterino. Es decir que la infección persistente con algunos de estos virus es un factor necesario para el desarrollo del tumor. Estos se transmiten a través de la relación sexual. Habitualmente el infectado no tiene síntomas; es decir que no sabe que lo está. Mientras que
la mujer puede saberlo a través de los exámenes de rutina que mencionamos, en el caso de los varones es más difícil su detección.
De los numerosos subtipos de HPV (más de cien) solo algunos tienen relación con el cuello del útero, de los cuales a su vez solo 13 son los que están relacionados con el cáncer, siendo los subtipos 16-18 los más frecuentes.

¿Hay vacuna? Dada la asociación entre HPV 16 y 18 y cáncer
cervical, han aparecido vacunas contra estos dos tipos virales.
También se desarrolló una vacuna contra cuatro tipos de HPV:
a los tipos 16 y 18 se agregaron los HPV 6 y 11. Estos últimos son
causantes de una patología benigna frecuente, los condilomas
o verrugas genitales.

Estas vacunas prevendrían la infección por HPV, pero no eliminan ni curan la infección ya existente.

Como la vacuna es sólo preventiva, las que más se beneficiarían con su aplicación son las adolescentes y jóvenes que aún NO han iniciado sus relaciones sexuales y, por lo tanto, no han estado en contacto con el virus.
Las Sociedades de Ginecología Infanto Juvenil y de Patología Cervical han establecido que la edad ideal para recibirla es entre los 14 y 26 años, ya que la respuesta inmunológica del organismo (la producción de anticuerpos contra el virus) es mejor y más rápida.

Quien ya haya iniciado relaciones sexuales y está en edad de vacunarse, puede hacerlo siempre que en el control ginecológico no muestre signos de HPV. La vacuna se aplica en tres dosis, a los 0, 2 y 6 meses ó 0, 1 y 6
meses, según el tipo de vacuna elegida. Todavía no se sabe cuánto dura la inmunidad. El tiempo de seguimiento de las primeras vacunadas es solamente de seis años y medio.

Sin embargo, de todas las medidas disponibles para prevenir el cáncer cervical, la primera es la visita periódica al ginecólogo, quien le indicará la forma más simple y adecuada de protegerse en su caso particular.